julio 23, 2012

MASACRE




No fue planeado. Creo que llevaba bastante tiempo sin recordarlo. La semana pasada lo vi subirse al mismo colectivo en el que yo iba y se me revolvió todo. De inmediato, abrí los ojos más de lo normal para evitar la salida de cualquier lágrima. Vinieron a mi mente sus sucias manos recorriendo mi cuerpecito mientras asqueada le suplicaba que me dejara ir de su cuarto. Lo odié otra vez. Lo odié mientras seguía recordando sin omitir detalle todo lo que me hizo aquel 11 de abril. No importaron siquiera el tiempo que tardaron en sanar las heridas ni las ganas de morir que sentía cada vez que orinaba. Lo elemental en ese momento fue que despertó en mí una necesidad totalmente nueva, la de matarlo. Así, sin dormir durante varios días pensaba en qué podía hacer para que sufriera tanto o más que yo por haberse cagado mi infancia. Ayer, en la tarde volvimos a coincidir en el transporte. Y lo maté de la única forma que podía darme paz: lo miré a los ojos y lo saludé como si jamás hubiese abusado de mí.

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