
Fue, más por eso que por otra razón, que pude ignorar al comienzo su extraño proceder y sus constantes ataques de ansiedad. Soportar sus celos sin razón y la forma habitualmente enferma de la que se valía para recordarme a su predecesora, eran asuntos del diario vivir a su lado.
Pero, con el paso de los días, aquella amante perfecta se convirtió en una perfecta molestia acostumbrada a manifestar sus deseos de no vivir más cada viernes a las cinco y a robar mi calma con aquellas lágrimas producto de depresiones que, para mi, no eran más que una forma de manipular mis sentimientos.
A decir verdad, noches como esta traen consigo un poco de arrepentimiento por el regalo que le di en su último cumpleaños: quise cumplir sus deseos estúpidos y acabar con la modorra que inundaba mi vida. Hastiado de escucharla llorar decidí ahogarla con la misma almohada que empapaba cada vez que me negaba a hacer su voluntad.



